Durango: El Espinazo del Diablo

Octubre 6 – Octubre 10, 2014

Los Mochis ($1,240 mxn)

Un señor de cincuenta y tantos años, con pantalones de trabajo y una camisa blanca de tirantes, trabajaba afuera de su casa soldando alguna estructura de metal, cuando un motociclista conduce hacia él y se detiene, mirándolo de manera seria y fijamente sin decir una sola palabra. El señor observa de manera confundida al motociclista y con cautela regresa la mirada a su soldadura. Pasan otros cuantos segundos y el señor vuelve a levantar la mirada y, con tono serio e inquisitivo, le dice al motociclista “¡Qué onda!”

Enseguida me quito el casco, cambio mi cara de serio por una más amigable, y le digo al señor, “Tío Ebelio, ¡soy yo!”. Mi tío aún sigue confundido. “¡Luis!” exclama cuando al fin me reconoce, y me saluda con un abrazo. Nunca le dije a mi familia que pasaría a visitar durante mi paso por Los Mochis, Sinaloa, que es donde vive la familia de mi madre.

Tom, Dominic y yo decidimos hacer una parada de pits por algunos días y encargarnos de algunos pendientes. Personalmente, necesitaba a un zapatero para que arreglara mis botas de conducir; había caminado tanto en ellas que ahora requerían de una buena cocida. El peso excesivo sobre la parrilla de carga había creado una fisura en el marco de la motocicleta y le hacía falta un poco de soldadura. Por suerte, mi tío es soldador y trabaja desde casa. Lo convencí de que me diera un curso rápido de principios de soldadura y me encargue de ese trabajo.

Fue lindo visitar a mi familia durante este viaje, y una vez más ver el lugar donde pase los veranos de mi niñez. Me puse al corriente con mi familia, mi primo nos llevó a camaronear en la bahía Ohuira, conseguí arreglar mis botas, y estaba listo para volver a la carretera después de unos días.

Octubre 11 – Octubre 13, 2014 (680 km)

Los Mochis – Durango ($1,590 mxn)

No teníamos nada en particular que hacer en la ciudad de Durango, pero el camino que conduce a ella era uno que no podíamos dejar pasar. La carretera vieja que conecta las ciudades de Mazatlán y Durango, al noreste, es una de las carreteras más peligrosas de México debido a sus incontables curvas cerradas, carriles angostos y numerosos asaltos que ocurren en ella. Se llama EL Espinazo del Diablo. A pesar de esos puntos negativos, El Espinazo del Diablo ofrece vistas panorámicas de la Sierra Madre que roban el aliento, y es particularmente atractiva para motociclistas debido a las abundantes curvas que contiene.

Después de despertar en la playa de Mazatlán donde acampamos la noche anterior, decidimos ir a Durango por vía del Espinazo del Diablo y regresar al día siguiente por la autopista de cuota para continuar al sur por la costa del Pacifico. Debido a las características de la carretera, la curvas y carriles angostos, la velocidad promedio fue tal que nos tomó todo el día para llegar a Durango. A pesar de tener un camión en sentido contrario de frente ocupando ambos carriles en una curva es bastante peligroso, no tuvimos ninguna otra instancia de peligro, como asaltos o problemas con el camino. Pudimos enfocarnos en las altas laderas de las montañas a la izquierda, los profundos cañones a la derecha, la abundante cantidad de flora verde alrededor, y un ocasional arroyo bajando por una de las montañas. Todo esto junto colocó el Espinazo del Diablo en el Top 10 de carreteras en mi experiencia como motociclista.

Octubre 14, 2014

Cascada El Salto del Agua Llovida ($160 mxn)

El Espinazo del Diablo era el camino viejo conectando a la costa del Pacifico con la ciudad de Durango y nos tomó alrededor de 6 horas para completarlo. Había sido un camino divertido, pero nuestro plan para el regreso era tomar la autopista de cuota recientemente inaugurada que corre paralela al camino viejo. Es una carretera de cuota conocida por sus numerosos túneles y puentes, incluyendo el famoso puente Baluarte, por reducir el tiempo de viaje a menos de la mitad, y por ser una de las cuotas más caras de país. Sin embargo, si estás dispuesto a salirte de la carretera, atravesar una que otra comunidad, y volver a saltar a la carretera, se ha sabido que puedes ahorrarte una o dos casetas de cobro.

Ambas de las carreteras antes mencionadas eran el objetivo de este desvío hacia Durango. Sin embargo, ya que estábamos por allá, decidimos hacer un pequeño viaje hacia la cascada El Salto del Agua Llovida que se localiza a unas horas al suroeste de Durango. La carretera principal que sale de la ciudad nos llevó a otro camino de asfalto, que después nos dejó en otro camino aún más pequeño y, eventualmente, conducíamos en caminos de tierra por horas en colinas rurales atravesando pequeñas comunidades y cortinas de árboles altos y verdes.

Una vez que llegamos a estas comunidades de casas humildes fue difícil encontrar señalamientos hacia la cascada. Fue entonces cuando mire a un niño caminando por la orilla de la carretera. Debía tener unos 13 o 14 años. Iba o venia de la escuela, pues cargaba con una mochila y vestía lo que parecía ser un uniforme escolar. Me detuve y le pedí instrucciones para llegar a la cascada. Cuando se trata de hallar un lugar, uno puede investigar cuanto le sea posible, pero las mejores fuentes de información siempre son, de manera invariable, los habitantes locales. El niño me informó que íbamos en la dirección equivocada y necesitábamos regresar un poco. Para ese entonces, ya había perdido de vista a Tom y Dominic que iban al frente de mí. Ofrecí llevar al niño, al menos hasta el punto donde Tom y Dominic me estarían esperando.

Algún tiempo después, nos detuvimos en una casa en el bosque con letrero de Coca-Cola y otras marcas de productos, como es común en México cuando han hecho tienditas de las salas o patios de sus casas. Tomamos algunos suministros y le preguntamos al señor atendiendo si estaba dispuesto a cobrarnos por cocinar alguna comida para nosotros. El señor acepto de manera gustosa y nos llevó de la parte comercial de su sala hacia su cocina donde se encontraban su esposa y su familia. Nos sentaron alrededor de una mesa y nos ofrecieron de beber mientras su esposa cocinaba para toda la familia. Almorzamos en compañía de personas que apenas habíamos conocido, pero que pronto demostraron ser humildes y bien intencionados, aceptando a tres extraños en su casa.

Actos como este son los aspectos gratos que más disfruto de viajar, descubriendo el bien en los demás que están dispuestos a ayudar. Aquel día fue una comida, pero en otras ocasiones ha sido un lugar donde pasar la noche, gasolina para nuestros tanques vacíos, un paseo por la ciudad, un guía a través de un pueblo peligroso, o simplemente buenos deseos hacia uno. En su mayoría, no volveré a ver a estas personas para regresarles el acto de nobleza, así es que me aseguro de brindarle ese favor a otra persona que lo necesite y así crear una cadena interminable que ayude a otros extraños.

A la hora de partir de la casa de aquel señor, solo aceptó dinero por los suministros que inicialmente tomamos de la tienda, pero no tomo ni un centavo por la comida y la inconveniencia de cocinar.

Llegamos a la cascada mucho antes de la puesta del sol. Conducimos justo a la parte superior de ella. Inicialmente, ignoraba que habíamos llegado, no podía ver la cascada, y con los motores ruidosos de las motocicletas, tampoco podía escucharla. Estacioné la moto y camine a la orilla para echar un vistazo. Hasta el día de hoy, recuerdo la forma en que aquella imagen me hizo sentir más que nada; el ver los casi 100 metros de agua en caída libre atravesando un arcoíris, el sonido de cada gota chocando con otras y golpeando las rocas que había debajo, perdiéndose en el río que se alejaba de mí. Experimenté una alegría extrema simplemente al estar ahí. Sentí ganas de llorar del júbilo que sentía, pero sin saber por qué, quizá porque jamás había visto algo como aquella cascada. Debí regresar a la tiendita y preguntarle al señor si el almuerzo tenía un ingrediente especial.

Instalamos el campamento a un costado de la cascada y exploramos los dos pequeños ríos que la alimentaban. Me senté en la orilla, con mis pies colgando, asomándome al precipicio, presenciando la escena de naturaleza, rodeado de colinas verdes, altos árboles, el flujo del agua, sin nadie en el área más que nosotros y unas iguanas relajándose en las rocas, al igual que yo. En un relato previo mencione una lista de los mejores lugares para acampar que todo viajero tiene. Bien, pues El Salto del Agua Llovida definitivamente esta en esa lista, muy cerca de la cima.

Ya que estoy hablando de listas, he de añadir que este lugar también se introdujo en otra, la lista de “Instancias en las que estuve miserablemente frío”. Aquella noche, me coloque en posición fetal dentro de mi saco para dormir, encima de mi colchón de acampar, dentro de la tienda de campamento, me puse todo artículo de ropa que llevaba y aun así temblé de frío toda la noche. A pesar de esa miserable experiencia, si pudiera volver a acampar ahí, lo haría… con un equipo más cálido.  

Video de la Aventura:

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